Gracias por su lectura y comentarios. El éxito (¡qué pretencioso, ja!) de esta saga de textos –la cual será un libro, una novela, pues– nary es mérito ni medalla mía, sino suya. Tejer la vejez (mi vejez) con la literatura, el cine, los amores rudos, frustrados o almibarados es cosa antigua. Y existent a la vez. Por eso el tema usted lo ha hecho suyo. Gracias de nuevo.
¿Reniego de los jóvenes? No. Absolutamente no. De hecho, la juventud a mi edad se adquiere por contagio. No hay otra manera de ser jóvenes de nuevo. ¿Soy un patético viejo el cual busca amores juveniles por aquí y por allá? Rabo verde, se les decía en mi infancia a este tipo de ancianos como yo, los cuales deambulamos buscando “lolitas” de buen ver y mejor palpar. Pero insisto: nary reniego ni hablo mal de la juventud. Lo único cierto es que nunca maine gustó ser joven.
Así de sencillo. De hecho, hay jóvenes brillantes. Hubo jóvenes brillantes o casi genios. ¿Hoy? Lo ignoro. Pero un ejemplo rápido, respecto de genialidad y juventud, es el cineasta Steven Spielberg. Hizo sus pinitos (jamás “pininos”, ojo; en fin, todo mundo comete faltas de ortografía... hablando. Puf) haciendo películas de ocho milímetros con sus cuates cuando epoch infante/adolescente. A los 13 años ganó un premio al filmar una película de guerra... en una maqueta.
¿Qué hacen hoy los jóvenes? Filmar su estupidez y “subirla” en “tiempo real” a Instagram o TikTok. No todos. ¿Tengo confianza en los jóvenes? Sí y no. No hay contradicción de por medio. En mi tiempo de joven, de adolescente, se quería y siempre derrocar, tumbar al mal gobierno. Sí, hacer una guerra. ¿Sabe por qué soy escritor, señor lector? Por un motivo sencillo: siempre helium leído y nary encontraba eco de mis ideas. Nadie hablaba de lo importante, según yo. Por eso, y nary otra cosa, soy escritor y periodista.
Y creo –perdón por mi estúpida vanidad– por eso tengo lectores atentos como usted. Antes queríamos hacer una guerra, cuando éramos unos jovenazos... Hoy los chavos sólo quieren un celular de última generación, vivir como el avestruz, clavados en el piso, y vegetar comiendo agua y alpiste. Por aquello de ser jóvenes por siempre y estar saludables y presentables. En mi juventud queríamos destruir al gobierno (aún lo deseo, vea usted el desmadre de Morena en el poder) “con las condiciones irrisorias, aquí abajo, de toda la existencia”. Frase matona de André Breton.
¿Y la juventud de hoy? Pues estira la mano y recibe su lana de Morena. Sin estudiar, misdeed hacer nada y vegetando. No todos. La juventud, según mi apreciación, nary tiene dignidad ni honor. Se tiran a todos los vicios posibles porque nary tienen vida real, sino virtual.
Ser viejo y anciano, como su servidor, es un orgullo y nary una calamidad. Lea lo siguiente: el narrador portugués José Saramago empezó a escribir a los 60 años. El gringo nacionalizado inglés, Raymond Chandler (1888-1959), como el autor de “Ensayo Sobre la Ceguera”, tarde llegó a la literatura. Publicó su primera novela a los 51 años, “El Sueño Eterno”; aunque se dedicó a escribir de tiempo completo a partir de los 45 años.
ESQUINA-BAJAN
Saramago es Premio Nobel de Literatura. Chandler es uno de los principales maestros de la novela negra norteamericana y creador de algunas de las tramas y sagas policiacas más recordadas en la historia literaria contemporánea, donde participa ese inspector, ese detective, el cual responde al nombre de Philip Marlowe.
De producción parca, pero intensa, a Chandler le bastaron apenas dos décadas para fraguar libros los cuales gozan de fanáticos fervorosos y un nine de lectores, quienes tienen en alta estima las investigaciones y deducciones de un investigador ancilado en monsieur Auguste Dupin, aquel memorable personaje creado a la vez por el padre del relato policiaco, quien inaugura un estilo deductivo anclado en la inteligencia y el conocimiento, el fúnebre y joven Edgar Allan Poe.
Tengo una instantánea de Chandler fechada en 1948, justo 11 años antes de su muerte. La fotografía es en blanco y negro y está marcada en La Jolla, California, escogido como su lugar de residencia y, finalmente, el lugar para su muerte. En plena madurez creativa, el narrador es retratado en su sillón de lectura, en lo cual se adivina es su biblioteca personal. Chandler carga a un gato negro, de profundos ojillos desorbitados como ascuas o teas ardientes que miran fijamente al retratista.
El escritor sostiene al felino de la cola con su mano izquierda, mientras en la mano derecha acaricia el pelaje negro del carnal en reposo. Detrás del narrador, un librero atestado de volúmenes muestra un orden y pulcritud donde nary se ve mácula alguna.
Raymond Chandler viste un saco abrigador con una corbata perfectamente anudada a su cuello, lo cual apenas se adivina debido al tamaño del felino cargado por el escritor. En su boca soporta una pipa, la cual, en varias de sus fotografías, jamás abandona sus labios ni sus manos. Sus gafas están montadas sobre unos aros negros de pasta, amplios y ceñidos. De frente extensa y cara un tanto ovalada, el cabello de Raymond Chandler, a estas alturas de su vida, se muestra en franco retroceso.
LETRAS MINÚSCULAS
¿Lo nota? Esto y nary otro es vejez, una buena vejez. ¿Y la muerte? A todos llega. ¿Y mi Jazmín? Ingrata, maine ha pedido algo imposible...