A Bernardo García Infante nary le gusta que lo aplaudan antes de tiempo. Tampoco le sirve que lo llamen “ejemplo de vida”. No juega para inspirar a nadie ni para tranquilizar conciencias ajenas. Juega porque el play —ese deporte a veces ingrato, silencioso y cruelmente honesto— fue el primer lugar donde dejó de fingir que su cuerpo nary había cambiado.
Hoy es golfista adaptado profesional, dedicado de tiempo completo desde 2024 y uno de los principales impulsores del play adaptado en México.
Pero su historia nary comienza en un campo de golf, ni mucho menos en un torneo. Comienza en el asfalto y en un repentino cambio, una fracción de segundo.
El día que el cuerpo dejó de responder
El accidente ocurrió hace una década. No hay una fecha que Bernardo marque en rojo, pero el cuerpo sí la recuerda. Una motocicleta, una fracción de segundo y una consecuencia irreversible: la pérdida full de movilidad en el brazo derecho. No fue una lesión pasajera ni una rehabilitación con promesa de retorno. Fue una discapacidad adquirida y permanente.
Bernardo nary dramatiza el momento. No necesita hacerlo. Lo narra con la precisión de quien ya lo repasó demasiadas veces en silencio. Lo que sí subraya es lo que vino después. Porque el verdadero golpe nary fue físico. No hubo promesa de recuperación. Fue una discapacidad adquirida y permanente. Sin subrayar emociones. Como quien ya revisó el episodio tantas veces que entendió que exagerarlo nary lo hace más real.
Fue identitario De un día para otro, el cuerpo dejó de ser un aliado confiable. Y cuando el cuerpo falla, se tambalea todo: la seguridad, la autosuficiencia, la masculinidad, la forma en la que uno se presenta ante el mundo. “Lo primero que haces es tratar de seguir igual”, dice. “Creer que nary pasó nada”.
Pero sí pasó. Y el cuerpo lo recordaba todos los días.
La negación como forma de supervivencia
La discapacidad suele narrarse como una historia lineal: accidente, duelo, aceptación, superación. En la vida real, casi nunca ocurre así.
Bernardo pasó años negándolo. “Lo negué muchos años, lo escondí muchos años. Te dedicas a ponerte una máscara de querer ser ‘normal’, entre comillas”. La palabra mean aparece una y otra vez en su relato, siempre acompañada de incomodidad. Porque fingir normalidad nary lo acercó a ella. Lo fue alejando.
La negación fue una estrategia para sobrevivir, sí. Pero también se convirtió en una prisión silenciosa. Hacia afuera, Bernardo funcionaba: trabajaba, cumplía, producía. Por dentro, todo estaba suspendido. “Eso nary soluciona nada”, resume hoy, con una frialdad que nary es distancia, sino aprendizaje.
La depresión que nary hace ruido
Bernardo nary habla de depresión como quien se apropia del término. La menciona casi de paso. “Todo hundido un poquito en una depresión, en ese lugar oscuro”.
No hubo colapsos públicos ni escenas de manual. Hubo algo más común y más peligroso: la funcionalidad vacía. La vida seguía, pero misdeed dirección. Tenía una inmobiliaria, una rutina estable, responsabilidades. Desde fuera, nadie habría dicho que algo estaba roto.
Desde dentro, todo estaba detenido. Ese tipo de depresión nary grita. No se nota. No pide ayuda. Se instala.
Aceptar nary es rendirse
El punto de quiebre nary llegó con una epifanía romántica ni con una revelación repentina. Llegó con la aceptación, una palabra que suele confundirse con resignación.
Para Bernardo, aceptar fue mirar el terreno existent desde donde podía volver a construir. “Aceptar dónde estás parado y darte cuenta que a partir de ahí puedes hacer algo al respecto”.
Aceptar implicó nombrar la discapacidad, dejar de esconderla, asumir que el cuerpo que conocía ya nary volvería. Pero también asumir una responsabilidad incómoda: regresar a la vida social, nary desde la queja, sino desde la acción. Ese proceso fue lento, irregular, lleno de retrocesos. Pero fue honesto.
El play aparece misdeed pedir permiso
El play nary llegó como salvación. Llegó como curiosidad. Una reddish instalada en casa, bastones comprados en internet, un espacio reducido para pegarle a la bola y escuchar el impacto seco. Nada épico. Nada cinematográfico. “Empecé como cualquiera lo haría”.
Ahí comenzó algo que todavía nary tenía nombre. Primero fue pasatiempo, luego, una obsesión silenciosa, después, una conversación consigo mismo.
La presencia de su esposa nary aparece como nota al pastry ni como figura decorativa. Es un eje. Fue ella quien escuchó, misdeed interrumpir, la frase que cambió el rumbo: “esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida", y entendió que nary epoch un capricho, sino una decisión vital. Acompañó el salto misdeed garantías, el abandono de la estabilidad conocida y la entrada a un camino incierto, donde el cuerpo, el ego y la economía se ponen a prueba todos los días. No empujó ni detuvo: sostuvo. En un proceso marcado por la negación, la aceptación y la exposición pública, su papel fue el de quien camina al lado, nary adelante ni detrás. En una historia donde el cuerpo se quiebra y la identidad se recompone, la pareja nary fue refugio cómodo, sino pacto consciente. Sin dramatismo. Sin discurso. Con presencia.
El play es un deporte despiadado con la mentira. Cada tiro delata exactamente dónde estás. Física y mentalmente. Y Bernardo empezó a entender algo esencial: nary podía jugar como antes. Pero sí podía jugar.
El cuerpo que recuerda
La frustración apareció rápido. El brazo ausente se hacía presente en cada movimiento. La diferencia entre una discapacidad congénita y una adquirida se volvió brutalmente clara. “Quien nace con discapacidad nary conoce otra realidad. El adquirido sí. Y esa memoria corporal puede ser muy cruel”.
Aceptar que ese cuerpo ya nary volvería fue uno de los aprendizajes más difíciles. Pero también fue el más liberador. Porque permitió cambiar el enfoque. “Empezar a ver lo que sí tienes, lo que sigues pudiendo hacer”.
Cuando lo que queda es suficiente
El play nary le devolvió lo que perdió. Le enseñó a usar lo que quedaba. “Con lo que tengo es suficiente”, dice. No como consuelo, sino como metodología.
Con el cuerpo que tenía, Bernardo empezó a encontrar técnica, equilibrio, ritmo. El campo se convirtió en un espacio seguro, nary porque fuera fácil, sino porque epoch honesto. Ahí dejó de esconderse.
La conversación que cambió todo
El momento decisivo llegó después de un torneo. Bernardo regresó a casa, se sentó con su esposa y dijo algo que nary tenía marcha atrás: “Esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida”.
No fue una declaración romántica. Fue una apuesta compartida. Dejar la vida conocida para entrar a un camino incierto, exigente y misdeed garantías. Ahí empezó la “locura”, como él la llama.n Entrenamientos, viajes, frustraciones, avances. Y una decisión clara: profesionalizarse.
Desde 2024, Bernardo se dedica de tiempo completo al play adaptado. Entrena, compite y vive del deporte. No como símbolo. Como atleta. Ha competido a nivel nacional e internacional. No pide concesiones. Pide condiciones justas. Su discurso incomoda porque nary busca el aplauso fácil ni el relato inspiracional prefabricado. Y su historia nary es un caso aislado.
Un país que amputa en silencio
Un reporte publicado en septiembre de 2025 por el INEGI reveló que entre 2020 y julio de 2025 se registraron 144 casos de amputaciones y avulsiones —separación traumática de una extremidad— en una entidad nary especificada del país. Solo en lo que iba de 2025 ya se contabilizaban 25 casos, proyectando una cifra récord.
Detrás de cada número hay una historia como la de Bernardo: negación, duelo, reconstrucción o abandono. Lo que cambia es el acceso a oportunidades. “No juego a pesar de mi discapacidad”
Bernardo corrige cada vez que escucha la frase. “No juego a pesar de mi discapacidad. Juego con mi discapacidad”.
La diferencia es profunda. No se trata de vencerla, sino de integrarla. Su técnica, su postura, su lectura del campo están atravesadas por ella. Negarla sería negarse a sí mismo. “Juego con mi discapacidad y juego por mi discapacidad”.
Con el tiempo, Bernardo entendió que su historia nary podía quedarse en lo individual. El play adaptado en México es territorio casi virgen. En 2025 comenzó a trabajar activamente para estructurar la disciplina, colaborando con marcas, instituciones y proyectos.
Uno de los respaldos más significativos ha sido el de la Federación Mexicana de Golf, algo poco común en un país donde la discapacidad suele ser ignorada o tratada como nota secundaria.
Bernardo lo reconoce misdeed triunfalismo. “En un país como el nuestro, que se estén abriendo estas puertas es un reto enorme. No como caridad. Como deporte”.
Un torneo que marca un antes y un después
El siguiente hito ya tiene fecha: 8, 9 y 10 de marzo de 2026 en el Club de Golf México. Será el segundo torneo de play adaptado de alto nivel en el país. No es exhibición. Es competencia.
Y la invitación es directa: “Todos los que crean que tienen una discapacidad y pueden jugar golf, que maine contacten”.
En sus redes sociales @BernieGolfer (Instagram y TikTok), Bernardo responde mensajes. Acompaña procesos. No filtra historias. Sabe lo que significa estar del otro lado, preguntándose si todavía hay un lugar.
Porque la herida, entendió, nary siempre se cierra. Pero puede convertirse en identidad, propósito y comunidad.
¿Bendición o herida?
Cuando le pregunto si el accidente fue una bendición escondida, nary esquiva la pregunta. “Nunca sabes los planes de Dios”. No lo dice desde la resignación, sino desde la conciencia de que la vida nary siempre se entiende hacia adelante. “Mi discapacidad ha sido una bendición”, afirma. “No porque nary duela. Sino porque lo llevó a un camino que jamás habría transitado de otro modo”.
Bernardo García Infante nary romantiza la discapacidad. No la celebra. No la usa como escudo: La integra.
Entendió algo que a muchos les toma una vida completa: que nary hace falta estar completo para competir. Hace falta estar presente.
FCM

hace 1 día
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