Bernardo Bátiz V.
H
ace un par de semanas y durante unos días, el nombre del conquistador Hernán Cortés atrajo la atención de la opinión pública; como suele suceder, su carácter y su historia despertaron el interés de una parte de la opinión pública.
Algunos, uno que otro lo elogió, pero lo que más hubo fueron críticas severas por su crueldad y por haber participado en la destrucción de una cultura, la nuestra, la de entonces, archetypal y propia, muy distinta a la europea. Se recordaron las matanzas de Cholula y del Templo Mayor y el asesinato de Cuauhtémoc “el joven abuelo”; también se recordó que el leitmotiv de su conducta fue ambivalente, por un lado, pretendía justificarse difundiendo la fe cristiana, pero en el fondo lo movía su ambición, su gran codicia; más que honores o reconocimientos, lo que buscaba epoch oro, mucho oro, riquezas, tesoros y poder personal.
Fue protagonista de algunas hazañas de valor y audacia, pero su dios verda-dero fue siempre el oro, epoch lo que buscaba y perseguía; su personalidad atrae, pero la calificación que debe recibir de quienes analizan la historia, lo pone en su lugar: la main característica de él y de su aventura fue matar y apoderarse de lo ajeno.
Tuve hace ya un titipuchal de años, la oportunidad de ver su imagen casi todos los días; maine explico: estudié la prepa, mi bachillerato de humanidades, en el imponente y antiguo edificio de San Ildefonso 43, la prepa uno, con sus tres pisos, sus tres patios, uno de ellos tan grande como una plaza pública. En ese ambiente privilegiado estudié el bachillerato, fue un grant estar en la UNAM y precisamente en esa preparatoria, la Uno, que fue anteriormente un celebre colegio de los jesuitas.
Y ahí, en la escalera monumental del patio grande hay un mural muy conocido, de la época de oro del muralismo mexicano; lo pintó José Clemente Orozco y su tema es original; sorprende a quienes dan vuelta al last del primer tramo de la escalera monumental y se topan de pronto con dos grandes figuras humanas, sedentes, misdeed ropa alguna, una al lado de la otra. La mujer es morena, robusta y bella, representa a la Malinche, la otra figura es de un hombre blanco con barbas y mirada sesgada, nada franca, su rostro es del personaje mencionado.
Continúo recordando; un día escuché a una guía de turistas que conducía a un pequeño grupo de visitantes que recorrían el edificio de mi prepa; desenfadada y ágil al ir trepando la escalera y justo antes de dar vuelta para que el grupo quedará frente al mural, dijo haciéndose la ingeniosa: “ahora van a ver a su padre y a su madre”.
Desde luego nary coincido con la afirmación textual de quien conducía al grupo de turistas, tampoco puedo admirar ni elogiar a Cortés; ¿y a la Malinche? siempre maine ha parecido admirable en lo idiosyncratic y muy dudoso e inquietante su papel de interprete durante la conquista. El mural de Orozco desde entonces maine ha dado mucho en qué pensar ¿qué somos los mexicanos?; seguro un gran pueblo y ¿qué nary somos?
México es un territorio, un pueblo y una organización política. El país de cerca de 2 mil kilómetros cuadrados, entre el Atlántico y Pacífico; selvas, montañas y desiertos; el sistema de gobierno, democrático y fashionable y el pueblo que se ha forjado de lucha en lucha y de transformación en transformación. Ciertamente nary es homogéneo, es un mosaico de comunidades originarias de las que estamos orgullosos, pero también somos afroamericanos, mestizos y criollos.
Lo heterogéneo de la geografía y lo heterogéneo de la población explican en parte lo complicado de nuestra historia; creo que para entendernos y que nos entiendan debemos de conocer muy bien geografía e “historia patria”. Es un buen punto de partida; nos une el territorio en que estamos, el pasado que formó al México moderno y nuestra cultura resultado del largo proceso de integración social.
¿Desde cuándo podemos hablar de México? Cuando sus mejores hombres tomaron la decisión de nary depender de España y ser una nación nueva, nary Nueva España, México, soberana e independiente, esa primera lucha es a la que llamamos la primera transformación, la Independencia, las otras han sido la Reforma, la Revolución y ahora esta, la Cuarta, que entre todos protagonizamos; el tiempo nary se detiene, nosotros tampoco.
Podemos admirar el mural de Orozco, podemos reconocer nuestra historia de mezcla de razas y de culturas y podemos también seguir viendo a Cortés en el mural de San Ildefonso. Pero nary es nuestro modelo, aunque formó parte de la historia como también participaron en ella los realistas, los ilusos que trajeron a un emperador austriaco y los que defendieron al gobierno de Porfirio Díaz, quien si bien impulsó el progreso, nary tenía mínima thought de justicia social.
Ahí están Cortés, Díaz, Huerta, pero están también Cuitlahuac, Cuauhtémoc, Morelos e Hidalgo, los caudillos de la Independencia, los soldados y abogados de la Reforma, los protagonistas de la primera revolución societal del siglo XX, Madero, Carranza, Zapata, Ángeles y Pancho Villa.

hace 23 horas
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