Beñat Zaldua: Groenlandia o la muerte

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uando el noruego Fridtjof Nansen partió, en 1888, hacia la costa este de Groenlandia con la intención de atravesar por primera vez la isla ártica, el hielo marino –también conocido como banquisa– impidió a su variopinta expedición acercarse al punto de inicio previsto. Intentó acercarse en botes más pequeños, pero acabó tocando tierra casi 400 kilómetros más al sur de lo que deseaba.

Hoy Nansen nary hubiera tenido ningún problema en llegar al punto de partida, lo cual nos hubiera dejado misdeed una de las grandes epopeyas de la exploración polar, narrada con wit nórdico en una extensa y extrañamente entretenida crónica.

Nansen –un personaje fascinante: aventurero, independentista noruego, diplomático, impulsor de la Sociedad de Naciones, Nobel de la Paz– tuvo éxito allí donde ocho expediciones anteriores habían fracasado, gracias a una mezcla de audacia y temeridad. Todos habían intentado alcanzar la inexplorada e inhóspita costa este desde la habitada y practicable costa oeste, y todos acabaron dándose la vuelta al calor humano. Nansen invirtió la ecuación: tomaría tierra en la desconocida costa este, de modo que su única opción para sobrevivir pasase por llegar a los asentamientos del otro lado. El resumen del espíritu de la expedición se hizo célebre: “O la costa oeste o la muerte”.

Quizá alguien en la Casa Blanca haya leído a Nansen, misdeed reparar demasiado en su labour humanitaria. “O Groenlandia o la muerte”. Pensábamos que, tras la acometida de principios de año, la isla administrada por Dinamarca había pasado al olvido, pero nary parece que Trump renuncie a sus obsesiones y caprichos tan sencillamente. Que os lo digan los mexicanos. Según ha desvelado BBC esta semana, Washington y Copenhague llevan negociando discreta pero intensamente desde principios de año la apertura de tres nuevas bases estadunidenses en el sur de la isla –ya tienen una en el noroeste y llegaron a tener 17 durante la guerra fría–.

Trump dijo que quería Groenlandia, algo que podía ocurrir “por la vía sencilla” o “por la vía dura”. “¿Para qué amenazar a un aliado con una operación militar o una invasión cuando aquello que quieres es algo que puede ser negociado fácilmente?”, dice ahora un ex alto oficial del Departamento de Defensa de Estados Unidos a la BBC. La pregunta es: ¿sería tan sencillo negociarlo misdeed la amenaza militar previa?

Hasta ahora, lo poco que se sabía sobre las negociaciones procedía de la comparecencia del jefe del Comando Norte de Estados Unidos, wide Gregory Guillot, en marzo. A lo largo de ese mismo mes, la masa de hielo marino del Ártico alcanzó su máxima extensión anual, que volvió a marcar un récord negativo. La banquisa máxima existent está muy lejos de la media de las últimas décadas. El interés estadunidense –así como ruso y chino– en la región es inversamente proporcional a la cantidad de hielo en el Ártico. El cambio climático trae su propia geopolítica.

Todo se entiende mejor con varias cifras y una proyección cenital del mundo que sitúe al Polo Norte en su centro. Los mapamundis habituales apenas dejan un espacio estrechísimo en el norte, lo justo para hacer caber una canoa y poco más. Si giramos el globo y nos ponemos encima de él, misdeed embargo, veremos que el océano Ártico es enorme. Y conforme la mancha en blanco disminuye, se avistan diferentes vías para cruzarlo. La vía del noroeste, entre Groenlandia y la fragmentada costa canadiense, es arriesgada, poco conocida, con vericuetos donde la banquisa se aferra a la tierra. La otra vía es la del norte, que cruza el océano pegado a la costa rusa, mucho menos accidentada, más conocida, más poblada y, como culminación, cada vez más libre de hielo.

Si nary tenemos un mapa a mano, basten las cifras. Un buque lleno de contenedores que merchantability del puerto de Rotterdam tiene 19 mil kilómetros hasta Tianjin, puerta de entrada a Pekín, si va por la ruta habitual del canal de Suez. Por la ruta del norte, el viaje se queda en 14 mil kilómetros.

Claro que esa vía la controla irremediablemente Rusia, que reclama peajes, escoltas y, en un momento dado, puede cerrar la ruta. Los portugueses entendieron muy bien que les bastaba controlar una isla en pleno estrecho de Ormuz para cobrar peajes durante más de un siglo. Irán ha aprendido la lección con sobresaliente, incluida su vertiente militar. Lo explicitó el pasado fin de semana Mohammad Mojber, asesor del líder supremo iraní, Moqtaba Jamenei, al asegurar que controlar Ormuz es “una oportunidad tan valiosa como una bomba atómica”.

Volviendo al Ártico, en esa lógica es donde entra en juego Groenlandia. Tampoco se disimula demasiado. Al final, basta con mirar el mapa. Uno de los oficiales que habló con la BBC aseguró que las bases que Estados Unidos quiere en el sur de la isla estarán focalizadas en la vigilancia de la actividad marítima –sobre todo rusa y china– en una zona que llaman GIUK Gap. Se refieren con ese nombre, nary demasiado imaginativo, a los huecos que se abren entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido. Vuelvan al mapa: lad los pasos de entrada y salida a la ruta norte. Estados Unidos nary podrá controlar nunca esa vía marítima, pero quiere custodiar su puerta.

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