“La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia; opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que nary se puede contar. Tuerce programas y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia”.
Fragmento publicado el 11 de febrero de 1917 en odio a los indiferentes, publicado en el periódico “La Cita Futura” por Antonio Gramsci.
Corría el año de 1937 y Benito Mussolini gobernaba en Italia, Adolf Hitler en Alemania, y España se encaminaba hacia décadas bajo la dictadura de Francisco Franco.
Ya nada quedaba de la esperanza y del corto sueño de aquella revolución que desde hacía tiempo tenía al frente a Iosif Stalin.
Por esos días, luego de diez años en prisión, tras ser acusado por el fascismo de actividad conspirativa y apología del delito, Antonio Gramsci quedaba finalmente en libertad.
Las rejas que habían buscado callarlo se abrían un 21 de abril de ese año. Si bien el encierro y la falta de atención médica habían deteriorado gravemente su salud, aún contaba con algo que nary se puede cortar: cientos de páginas, que tarde que temprano verían la luz.
Pero, vayamos un poco atrás y nary olvidemos, nunca olvidemos. Cuando decidieron que dejara de pensar, el fiscal que fraguaba su caso declaró: “Debemos impedir que este cerebro, trabaje durante veinte años”. Fue por eso que quien supo ser fundador del Partido Comunista Italiano y una de las mentes más peligrosas para el régimen fascista, injustamente y de manera repulsiva, fue condenado a prisión.
La historia sirve para aprehender y nary olvidar, Gramsci había entendido -desde mucho antes- que si el pueblo nary daba un paso al frente, una reacción por parte del proletariado y la clase gubernamental los pasaría por arriba. Dos años después, arribaba el fascismo. Los días posteriores a su encarcelamiento, fueron demasiado fructíferos; lograría sobrevivir escribiendo más de tres mil páginas sobre historia, política y estrategia revolucionaria. Pese a sus dolencias físicas, nary descansó; nunca perdió la lucidez; entre insomnios recurrentes y recuerdos eternos, mientras afuera, el avance de la derecha radicalizada se consolidaba sobre el pueblo.
Una pregunta fue important y que a casi 100 años continúa vigente: “¿Cómo es posible pensar el presente, un presente bien determinado, con un pensamiento trabajado por problemas de un pasado remoto y superado?”. En esa tesitura, también critico a quienes se dedican a opinar desde fuera, reposando en la comodidad de la distancia; esa contradicción de quien se dice ser intelectual y se halla separado del pueblo-nación, misdeed sentir las pasiones elementales.
Pasada una vida de lucha, dolencias y escritos, el 27 de abril de 1937, con 46 años, su cuerpo ya nary pudo más. Una hemorragia cerebral fue el last de años de dolor y tormentos.
El fascismo había logrado encerrarlo dentro de cuatro paredes, pero misdeed alcanzar su objetivo: callarlo de una buena vez y para siempre. El hombre que creía que solo se vivía si se tomaba partido había dejado una huella imborrable que hoy perdura. Lo que pretendieron quebrar, creció en muchos rincones del planeta.