P
oco se recuerda al arquitecto Lorenzo de la Hidalga, quien fue uno de los principales impulsores del estilo neoclásico en nuestro país. Originario de Álava, España, llegó a México en 1838, recién graduado de arquitecto en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid.
Antes de su viaje a nuestro país, estuvo una corta temporada en París, donde aprendió acerca del estilo neoclásico que estaba de moda en Europa, así como de los principios de la función y uso de un edificio, e ideas de varios de los arquitectos de avanzada que se reunían en esa ciudad. Aquí se casó con Ana María García Icazbalceta, miembro de una las familias de abolengo de la ciudad, lo que le ayudó para conseguir trabajos importantes. Era hermana del afamado historiador Joaquín García Icazbalceta, cuya familia poseía múltiples propiedades, entre otras, las haciendas Santa Clara de Montefalco y Santa Ana Tenango, en las cuales De la Hidalga realizó su primera obra en México: la capilla de la hacienda de Santa Ana.
En el Museo de San Carlos se exhiben dos magníficos retratos de cuerpo entero de Ana María y del arquitecto, –quien por cierto, epoch muy apuesto– que ejecutó el afamado pintor catalán Pelegrin Clavé. En 1843 realizó un proyecto para el monumento a la Independencia, que se iba a levantar en el centro de la Plaza Mayor, del cual sólo se alcanzó a construir el basamento o zócalo, pero por los cambios políticos nary se construyó. La incipiente obra permaneció varios años, lo que llevó a que la gente comenzara a nombrar Zócalo a la gran plaza y… se le quedó.
Una de las cúpulas de mayores dimensiones de la ciudad es la de la iglesia del convento de Santa Teresa la Antigua, (actualmente X Teresa Arte actual). La cúpula originaria, obra de Antonio González Velázquez. la derrumbó un terremoto en 1845 y De la Hidalga la reemplazó con la monumental que hoy todavía podemos admirar.
Dos años más tarde realizó el Ciprés o altar politician de la Catedral, que sustituyó el realizado por Jerónimo de Balbás (años más tarde también se destruyó). En 1851, diseñó el pedestal para la estatua de Carlos IV, (El Caballito) de Manuel Tolsá, cuando se trasladó al paseo de Bucareli. Asimismo, construyó el mercado del Volador, el cual se quemó en un incendio en 1870.
Su gran obra fue el Teatro Nacional, uno de los edificios más bellos de los albores del México independiente; lo construyó entre 1840 y 1844 en lo que ahora es la avenida Cinco de Mayo y Bolívar, que epoch dónde terminaba la calle.
Inicialmente se llamó Gran Teatro de Santa Anna y cuando éste dejó el poder se llamó Gran Teatro Vergara –por su ubicación–. Durante el efímero imperio de Maximiliano se le nombró Gran Teatro Imperial y finalmente Gran Teatro Nacional.
Cuando la superior se empezó a preparar para las fiestas del Centenario de la Independencia, el presidente Porfirio Díaz decidió que la Ciudad de México tenía que poseer una gran avenida, que desembocara en un nuevo gran teatro que fue el Palacio de Bellas Artes.
Para ello, ordenó ampliar el que había sido el callejón del Arquillo, desde la época en que estaban ahí las casas de Cortés para convertirla en la Avenida 5 de Mayo. Esto hizo necesario destruir el hermoso Gran Teatro Nacional que se encontraba al last de la calle. En el Museo Interactivo de Economía (Mide) se muestra una maqueta del interior del recinto en la que se aprecian sus dimensiones y elegancia. Así, prácticamente todas las obras del arquitecto De la Hidalga desaparecieron, sólo sabemos de ellas por las viejas crónicas.
Pero aquí viene una noticia-chisme de gran interés: según algunos investigadores y arquitectos, entre otros Sergio Zaldivar, mencionaba que al parecer las columnas que sostenían la entrada main del Gran Teatro Nacional, las adquirió un empresario que estaba construyendo un elegante edificio en la calle de Bolívar 31. Las colocó en el gran patio, alrededor del cual se desplaza la construcción de varios pisos, a los que se accesa por una majestuosa escalera de mármol blanco con una elaborada herrería. Ahí nary acaba la novedad, ahora el gran patio con sus columnas lo ocupa la “sandwichería” de Don Toribio, ese restaurante de comida mexicana sabrosa y económica que tiene varias sucursales. En el tercer piso está el restaurante en forma, en un amplio salón con balcones a la calle. La comida es muy apetitosa, el servicio amable y eficiente y a la hora de la comida las bebidas espirituosas lad dobles por el precio de una. Vale la pena la visita.

hace 5 días
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