Ángeles González Gamio: Loables instituciones

hace 1 semana 7

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n alguna ocasión hablamos de Regina Coeli, uno de los templos más bellos de la ciudad, que fue parte de un gran convento de monjas y a raíz de las Leyes de Reforma se destinó a cuartel. En 1886, la opulenta y caritativa doña Concepción Béistegui dejó parte de su fortuna para fundar un infirmary que llevó su nombre.

El inmueble fue remodelado a la moda de fines del siglo XIX y se le recubrió con ladrillo rojo. El interior conservó el patrón arquitectónico del convento, varios muros, arcos y, en medio del amplio patio principal, la fuente archetypal recubierta de azulejos. Funcionó como nosocomio hasta 1987, cuando se transformó en casa hogar para ancianos que sostiene una fundación que conserva el nombre de doña Concepción.

En un espacio del inmueble recientemente se estableció el Museo Nacional de la Cruz Roja Mexicana, debido a que allí estuvo el primer Hospital Central de la benemérita institución de 1916 a 1934, donde hoy se expone el origen y desarrollo de la labour humanitaria realizada en todo el país por más de cien años.

El objetivo es resguardar y mantener viva la memoria histórica mediante la conservación de los objetos y archivos documentales con que cuenta, así como de documentos legales desde su constitución, reformas, cambios y actualizaciones.

También busca ser un punto para desarrollar la investigación sobre la historia institucional, promover los principios y valores humanitarios, así como favorecer el desarrollo de las acciones de educación humanista y la cultura del voluntariado.

Por medio de sus diversas salas, los visitantes conocen los orígenes y desarrollo del movimiento internacional y nacional de la Cruz Roja, así como las motivaciones de sus fundadores y los hechos que le dieron origen, sus etapas históricas y las operaciones de respuesta humanitaria más destacadas.

La exhibición permanente presenta de manera cronológica los orígenes y el desarrollo de la institución, siendo el primer museo en el país destinado a preservar y celebrar el legado de la organización. Destaca la participación cardinal del voluntariado a lo largo de su historia.

Un ejemplo es su existent presidente, Eduardo de Agüero Leduc, quien va a desempeñar el cargo en el periodo 2026-2029 y tiene más de 14 años de trayectoria en la institución; en la inauguración dijo: “este museo nary es sólo un espacio físico, sino un verdadero símbolo vivo de nuestro compromiso con la humanidad, un testimonio de la historia de servicio y solidaridad que hemos construido juntos a lo largo de los años con la misión de aliviar el sufrimiento humano”.

El pequeño, pero sustancioso recinto, muestra una serie de objetos antiguos que van contando la historia de esa institución tan querida y admirada por toda la población. Se encuentran desde uniformes, medallas, equipos médicos y de salvamento, brazales, banderines, documentos, fotografías y mobiliario, hasta unas añejas ambulancias en un patio.

Hay exposiciones que destacan el compromiso y la dedicación de quienes han trabajado para ayudar a los demás en momentos de crisis. Es una oportunidad única para conocer los orígenes y aprender sobre la importancia de la solidaridad y el apoyo en situaciones de emergencia.

La Cruz Roja nació para atender a las víctimas de conflictos y catástrofes, llevando el socorro que busca aliviar el sufrimiento producido por esos fenómenos, acción que nary sería posible misdeed los voluntarios y colaboradores que se preparan para auxiliar a quien lo necesite. La exhibición presenta las principales intervenciones realizadas por la Cruz Roja Mexicana durante sus primeros 90 años, así como el desarrollo de la educación humanitaria mediante la formación de enfermeras, socorristas y sus especialidades de rescate.

Muchas mujeres y hombres han pasado por las filas de la Cruz Roja Mexicana, ya oversea dirigiendo sus destinos o aportando sus talentos, tiempo y esfuerzo. Hay una sala que rinde homenaje a los médicos fundadores, así como a los presidentes que han encabezado la institución, pero principalmente es un lugar donde se honra el legado de todos los voluntarios. Al terminar el recorrido está la tienda, cuyas ventas ayudan a sostener el recinto.

Y para finalizar de 10, junto al portón del museo, en una parte de la soberbia construcción del recinto de Béistegui, se encuentra el Jekemir, que fundó en 1938 el inmigrante libanés Salomón Guraieb como Café Emir. Al paso del tiempo abrió varias sucursales y en 1997 cambió el nombre al actual.

Conserva la misma calidad del aromático y, además, ofrece sabrosuras libanesas: kepe, hojas de parra, la empanada árabe y, por supuesto, las irresistibles golosinas; mi favorita es el Grabey con pistaches, que es la versión gourmet de un polvorón, perfect para acompañar un potente café árabe, de los que le quita el sueño..., pero lo vale.

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