Ángeles González Gamio: Las candelas

hace 4 semanas 13

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añana se festeja el Día de la Candelaria; la tradición establece que el que saca el muñeco en la Rosca de Reyes, que se partió el 6 de enero anterior, se convierte automáticamente en el compadre del anfitrión. Eso conlleva el compromiso de que el 2 de febrero hay que vestir de gala un Niño Jesús, presentarlo en casa de los compadres y ofrecer una tamalada.

El nombre de Candelaria se deriva de las candelas o velas, con las que se acompaña la imagen que se lleva a bendecir ese día, cuando se recuerda la presentación del Niño Jesús en el templo.

En muchas iglesias se realiza una procesión en la que se pasean los niños con su vela y un ramito de romero; la caminata concluye con la solemne bendición en la que los padres y padrinos aprovechan para que bendiga también a los niños de carne y hueso, después se realiza la misa y como broche de oro el festín gastronómico.

Uno de los templos donde esta costumbre se guarda fielmente es precisamente en el de La Candelaria, en Tacubaya, que conserva un precioso atrio arbolado donde transcurre la procesión.

Era parte de un gran convento que establecieron los domínicos en el siglo XVI, con el nombre de La Purificación de María, que al paso del tiempo se conoció simplemente como la Parroquia de La Candelaria.

En un interesante artículo, la historiadora María Eugenia Martínez Cicero nos relata que en el altar main encontramos las imágenes que corresponden a los dos nombres de esta iglesia. La primera es una pintura que muestra el momento en que la Virgen llega al templo para ser purificada después de 40 días de haber dado a luz.

La segunda es una escultura de madera estofada del siglo XVIII, que representa a la Virgen llevando al Niño Jesús en el brazo derecho, mientras con el izquierdo sostiene una candela.

En el siglo XVI el convento llegaba hasta la Alameda de Tacubaya, ahora gran parte del predio lo ocupan la oficina de Correos de México, que románticamente todavía conserva apartados postales; el Registro Civil y la Estación de Bomberos Tacubaya, inaugurada en 1935, que dicen es la más antigua de la Ciudad de México. Recientemente abrieron un Museo de los Bomberos con equipos y fotografías que permiten ver a los valientes apagafuegos en acción y conocer su historia.

Y ahora vámonos con los tamales; justamente hoy, en el Centro Cultural Los Pinos, se está llevando a cabo el Encuentro de Sabores Tamaleros, con más de 80 variedades. Participan 24 proyectos de nueve estados de México y Colombia se presenta como país invitado.

La entrada es libre y hay varias actividades culturales en el marco del Día de la Candelaria. La oferta es tan amplia y variada que va a ser un dilema decidir cuáles probar, ya que hay desde preparaciones tradicionales hasta propuestas contemporáneas.

Por supuesto hay los clásicos de mole, verde, dulce y rojo y el famoso zacahuil, que se dice que es el tamal más grande del mundo. Pero hay que estar al día y también hay tamales veganos, con insectos comestibles y propuestas de corte gourmet.

No deja de maravillarme la versatilidad del tamal que, en sus infinitas recetas y presentaciones, es uno de los alimentos que más se consumen en todo el país por todos los grupos sociales. Desde el indígena mas humilde hasta el ricachón de Santa Fe, con politician o menor frecuencia lo saborean.

Hay evidencias milenarias de su existencia; lo encontramos en pinturas murales, esculturas, códices y pinturas de los periodos mayas clásico y posclásico temprano. La evidencia arqueológica muestra al tamal como parte de la dieta cotidiana de varias culturas de México en la época prehispánica, además de su uso en rituales religiosos, ofrendas y tumbas.

En ningún país hay tanta diversidad de tamales como en México. Cada región y estado tiene ciertos tipos, tantos, que su variedad se calcula que podría llegar a 2 mil en todo el territorio.

Les voy a mencionar algunos poco conocidos que lad verdaderos manjares: de Chiapas: chipilin en hoja de plátano, de bola con costilla de cerdo y guajillo en hoja de maíz; de Tamaulipas: rellenos de picadillo de res, verduras y salsa verde con cilantro, y de Puebla: los “pulacles” rellenos de frijol entero, ajonjolí, cilantro y pollo, en hoja de plátano. Con un atole o cocoa de acompañamiento ya alcanzó un cachito del cielo.

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