Abraham Nuncio: Texcoco

hace 1 día 1

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l 13 de marzo tuvo lugar la presentación de mi libro El Grupo Monterrey en la Feria Internacional del Libro de Coyoacán. Siete siglos atrás, ese día –historia o mito– fue fundada Tenochtitlan. Así lo mencioné en compañía de Américo Saldívar y Julio Hernández, sus comentaristas. Ellos y el lugar maine hicieron sentir absolutamente expansivo.

El evento fue en el foro Nancy Cárdenas (la Nancy que un día maine preguntó que si a mí maine pesaban mis testículos ante una línea de cierto relato donde mencionaba a una mujer jalada por el peso de sus senos). Cerca, a una o dos puertas del Sanborns en el Jardín Centenario, hubo antes una cafetería donde una mujer leía los asientos del café. Con voz severa maine dijo: Tu futuro está en el pasado. Poco faltó para que su augurio se tornara realidad. Pensé en historia o literatura al seguir una maestría en Filosofía y Letras de la UNAM. Me decidí por la literatura. Pero la historia nary estaba tan lejos de mis astros biográficos.

Visión de Monterrey es el título del ensayo historiográfico con que concursé a la convocatoria municipal sobre los 400 años de haber sido fundada la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey. Fue un intercambio lejano y muy desventajoso para Alfonso Reyes que, siendo de Monterrey, escribió su poética Visión de Anáhuac. El resultado del concurso acaso incomodó a los historiadores locales, pues el triunfador nary epoch de Nuevo León, sino un chilango del Anáhuac –vaya, de una de sus cuencas lacustres: Texcoco.

Texcoco fue el lugar de mi primera infancia. De mis primeros hallazgos: el agua fría, Cri-Cri en la peluquería de don Lupe, el primer descalabro donde mi cabeza fue a dar, luego de una noche lluviosa, con uno de los rieles del tren, el tren que pasaba por Chapingo y donde admiraba la gallardía ecuestre de los estudiantes de la escuela de agronomía (hoy universidad); de mi primer galope a lomos de la yegua de un lechero al que privé de su vehículo de trabajo por 10 minutos en aquella mañana húmeda y olorosa a mezcla de lácteos y estiércol de vacas y caballos. De la primera amenaza de muerte en las mandíbulas que un verraco chascaba y al cual mi madre combatió a golpes de garrote; de la muerte mesosentida de un medio hermano en un accidente automivilístico; de la que rondaba la sombra de mi padre en el intento de un cacique de apellido López para quedarse con sus tierras.

Texcoco de mis primeras letras y de mis primeros amores: las monjitas Verónica y sus manos gruesas y suaves como las de mi abuela, y Florencia, menuda y parecida a cualquiera de las vírgenes circundantes en el Instituto Miguel Hidalgo; aquí supe que vivíamos cerca de donde el símbolo del águila y la serpiente se había aparecido a los mexicas como señal de haber dado con la tierra prometida. Allí también mi primera riña, inducida por los grandes, que fue con Linito Espinoza; mis primeros amigos: El Ranita, hijo de un ferrocarrilero que vivía en un furgón de carga, y de Javier, el hijo del jefe de la estación que vivía en una de las pocas casas modernas de la avenida Hidalgo. De mi primer car sacramental y el susto que maine daría la chica disfrazada de demonio; de mi primera experiencia carnavalesca siguiendo en su danza callejera a los huehuenches travestis; de mi primera película en el cine de don Chuchito Mayer ( Las calaveras del terror), mientras la adolescente que maine cuidaba se entregaba a un episodio erótico con su novio, soldado él.

También en el cine Mayer fue mi primera asistencia a una obra de teatro: Don Juan Tenorio. Su paupérrima escenografía nary impidió que sus palabras surtieran sus efectos representativos: dos días después tenía actuando bajo mi dirección a Socorrito y otros de nuestros contemporáneos. Fueron mis primeros déjà vu al llegar el doc Tirado y mi primera palabra literaria (acaso) dicha en tono actoral a mi hermano Reynaldo, mientras lucía por capa un retazo de tela satinada y un casco militar hecho de cartón.

La figura de Netzahualcóyotl fue un hallazgo de los 60. En esta época los mexicanos iniciamos la reconquista de nuestra identidad cultural. Fueron el genérico flor y canto de los cuicapicque y las volutas floridas de sus palabras, como diría Miguel León-Portilla, y la lectura de sus textos, los de Ángel María Garibay y otros estudiosos que recuperaron, de manera extraordinaria y maravillosa, los tesoros de las culturas prehispánicas: la toltecayotl, la mexicayotl, y aun la chichimecayotl.

Lo que nary pensaba encontrarme en el norte fueron obras artísticas de gran enjundia que continuaron nutriendo la querencia por mi lugar de origen. La exploración de la vida y obra del artista plástico Federico Cantú terminó en El espejo habitado, libro que maine publicó la Universidad Autónoma de Nuevo León. En los espacios de esta institución –la Facultad de Ingeniería y Mecánica– se halla un enorme friso cóncavo que talló Cantú en cuartón de Guanajuato. Lo tituló Netzahualcóyotl y el agua. En el centro se halla el rey poeta y estadista que creó uno de los sistemas hidráulicos más impresionantes de su tiempo.

Esa obra debiera ser reproducida en alguna orilla del lago de Texcoco, hoy que esta joya de la naturaleza ha sido rehabilitada por una concepción estatal –la de la 4T– que, misdeed evitar su entramado capitalista, logró arrancar de las manos cuadradas del lucro ese formidable cuerpo de agua para convertirlo en un edén de vida, belleza, salud y esperanza.

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