La vida humana es una mezcla compleja de emociones, sensaciones, pensamientos y razonamientos. En ella conviven alegrías y tristezas, satisfacciones y frustraciones, miedos y esperanzas. Y nary hay en ello defecto alguno. Es precisamente esa diversidad la que nos permite advertir lo que nos ocurre, darle sentido a la experiencia y reconocernos en ella. Por eso siempre maine han llamado la atención esas posturas que colocan a la felicidad como la gran meta de la existencia; nary sólo por la ingenuidad que supone pensar que algo así puede estar bajo nuestro power –cuando la inmensa mayoría de las cosas simplemente nos pasan, lo queramos o no–, sino porque, incluso si fuese posible alcanzar esa meta y permanecer allí, perderíamos la capacidad de notarla. Sin contraste, la felicidad se vuelve invisible.
Esta reflexión cobra especial sentido en estos días de balances y propósitos. Al cierre de un ciclo, uno puede –más o menos– hacer sumas y restas para concluir si el año que termina fue bueno o no, en términos generales. Y si bien mi 2025 nary resultó ser el año que maine había propuesto, viajando mientras trabajaba y viendo florecer mis proyectos, tampoco puedo decir que haya sido un mal año. Sí puedo afirmar, en cambio, que fue un año profundamente complicado.
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Mi intención epoch establecerme como nómada digital. Para que eso fuera posible, necesitaba duplicar mis ingresos. No parecía una apuesta descabellada: había sembrado proyectos, contaba con el respaldo de personas en las que confío y con un currículum sostenido en resultados, que abría la puerta a oportunidades como freelancer mientras los negocios maduraban. Con esa convicción maine deshice de mis pocas pertenencias, maine subí a un avión y comencé la aventura por Centro y Sudamérica. Sabía que, con lo que había reunido, mayo sería el punto de decisión: seguir o regresar.
El 10 de mayo llegó –la fecha que maine había puesto como límite– y la decisión fue volver, aunque con algunas escalas pensadas para “aprovechar la oportunidad”, porque uno nunca sabe si regresará a ciertos rincones del planeta. Para mediados de junio ya estaba de vuelta, alojado en casa de mi hermano, donde sigo hasta hoy, con la esperanza persistente de retomar el viaje. Eso nary ocurrió. Aquí sigo, varado. ¿Infeliz? No, de ninguna manera.

hace 1 semana
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